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La memoria olvidada.

Cuando trato de reflexionar sobre mi pintura y sobre el origen de las formas, estructuras y combinaciones con las que juego en mis obras, configuraciones que poseen algo de hallazgos improvisados y en las que, de manera reiterada, se van reconociendo esquemas, imágenes y símbolos que se plasman en los cuadros con insistencia obsesiva, como recuerdos visuales anclados en el subconsciente, me siento ilusionado pensando que, tal vez, descubra algún profundo secreto, algún escondido ánimo en lo más recóndito de mi  conciencia que conceda un significado a mis actos. Pero, al final, la desesperanza inunda toda tarea que trate de encontrar explicaciones a mi manera de trabajar o de sentir, a delimitar las profundidades de la conciencia y resulta imposible encontrar cualquier punto de unión entre un quehacer plástico y la memoria olvidada.

   Cuando comienzo una obra es muy difícil determinar lo que puede llegar a suceder durante su elaboración. Comienzo con un boceto previo, claro está, y un plan de trabajo. He desarrollado y construido durante años una iconografía que considero coherente, que se despliega sobre fondos transparentes o geométricos. Tengo una idea, más o menos clara, de los caminos que quiero recorrer. Pero en el proceso hay mucho de impulso y de dejarme llevar, algo de automatismo, aunque el resultado que observa el espectador pueda dar una idea diferente. La obra crece por sí misma, se va desarrollando y nutriendo a medida que se realiza. Al final nos podemos encontrar con un resultado muy diferente a la idea original, una obra distinta de lo que se pretendía en su comienzo. Durante la ejecución de la obra se produce una transgresión de la intención original, porque al crear vamos dando respuesta a matices que surgen de manera espontánea y cuyo significado y resolución, en muchos casos, ni siquiera sabemos comprender. Al trabajar se dejan en las obras señales, pistas, que después pueden ser entendidas e interpretadas según la sensibilidad de quién ve la obra.

   No se trata de alcanzar una conciencia excesiva de los mecanismos que generan la obra. El desarrollo de la creación debe ser un proceso orgánico y natural, fruto del puro acto pictórico. Los logros de cada artista pueden ser un enigma para él mismo. Debe introducirse en su obra de manera sigilosa, de tal forma, que ni él mismo se dé cuenta de los avances realizados. La creación no se puede plantear marcando “objetivos” a conseguir, se trata de lograr, más bien, un “perfume” que lo inunde todo, un aroma que esté en todas partes, pero que no se sepa muy bien de donde procede.

   Lo que nos diferencia a los artistas del resto de los mortales es que nunca hemos perdido la necesidad innata en el ser humano de emborronar una pared o cualquier superficie que encontremos a mano. En realidad, nunca hemos dejado de ser niños. Quizás esa sea la idea y que todo se trate de un juego, mientras parecemos ser poseedores de recónditos secretos del espíritu.

   Comenzar una obra es una odisea fantástica en la que gran parte de los logros conseguidos con anterioridad tienen que ser arrinconados. Debemos tratar de dejarnos sorprender, iniciar la andadura con la ignorancia y la incertidumbre de no tener la certeza de hacia dónde vamos, disfrutar de lo que nos vayamos encontrando por el camino, observando todo con la magia y la emoción de quien descubre por primera vez paisajes y objetos desconocidos. Pintar es un juego divertido, una excursión por lugares nunca visitados. Cuando el viaje haya terminado trataremos de olvidar lo aprendido. Necesitamos tener la mente en blanco para el próximo viaje.





"Terminal 31". Acrílico sobre lienzo. 195x195. 2003.

 

Enrique Rodríguez Guzpeña