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El lamento y la cosecha.

A modo de despojos, como infinito delimitándose, en el sosegado lamento, en lo concreto. Se acerca desde el cerro de los castros el centelleo de las ruedas desplazadas, atesorando esa fosforescencia la nobleza del granito enmarañado, cavilando, diseminando claridad desde las formas ilusionadas, evocadas, rememoradas. La cosecha envuelta en resinas y consuelos se descompone en el abrazo de la tierra húmeda, eternamente.
 
Imitar, copiar, emular, observar, no advertir nada. ¿En qué lugar buscar, qué dirección tomar, por dónde empezar? Cansado, quizá derrotado, sin fuerzas. Brota una luz en la lejanía y me dejo seducir por su destello. El viento me empuja y me transporta, cautivado. Comienzo el juego, esbozo un divertimento de libertad, imaginación y casualidad que evidencia las huellas en el sendero. Penetro en la espesura. Formas, colores, texturas y líneas van construyendo estructuras, composiciones, vicios, rarezas, obsesiones y manías. Poco a poco voy engendrando algo íntimo, misterioso y extraño, algo propio. Me acerco al lugar más recóndito de mi temperamento mientras me siento, más que un creador, un embaucador, un farsante. Doy mil vueltas a las formas, diseño combinaciones hasta la fatiga, pretendo que la magia de la imaginación me desvele lo que soy, me encamine hacia el origen, hasta la niñez, hasta la nada. Dibujar, pintar, crear como si fuese un vegetal. Nacer, florecer, desplegar formas y colores, exhibir frutos y hojas, liar marañas de ramas, dejarme cubrir de texturas de musgos y cortezas raídas, crecer siguiendo la geometría natural, no pensar, marchitarme y perder la viveza de mis colores, quedarme sin hojas, morir, incrementar el sustrato para una vida nueva. Concebir obras solo con el impulso del instinto, con el hechizo de la intuición. No pensar. Saciar la necesidad de expresar, de exteriorizar y reanudar el camino. Descuidar lo que percibo con mis ojos y pintar lo que brote de mis manos, nada más. Dejar que la fantasía se mueva con libertad. No pensar. Existir, germinar, granar, madurar, producir creaciones como el árbol que ofrece sombra, color y frutos.

Se acerca desde la peña de los castros el resplandor de las coronas agostadas, recolectando esa fluorescencia la dignidad de los huesos erizados, rumiando, irradiando tinieblas desde las formas vivientes, apresuradas, inmóviles. Como lamentos, a modo de cielo desgranándose, en el callado abismo. Los frutos cubiertos de nieve y de costuras se descomponen en el abrazo de la tierra húmeda, eternamente.



"El llanto y los frutos". Acrílico sobre lienzo. 81x100. 2013.

 

Enrique Rodríguez Guzpeña